Me lo habían advertido: “Contrólate cuando venga a visitarte, sino lo harás desaparecer”
Ayer vino a visitarme.
Se acercó despacio, para no estropearse el peinado.
Y bueno, porque le gustaba hacerlo todo así: DES…PA…CIO.
Y mientras lo veía acercarse no pude contenerme y mis labios empezaron a esbozar una enorme sonrisa que para cuando por fin lo tuve enfrente de mi se había transformado en una carcajada de alegría.
Y de la tontería me entró un tembleque incontrolable por todo el cuerpo y no podía dejar de mecerme mientras me agarraba la tripa y esto no hizo más que empeorar las cosas, porque del roce mi cabeza con su cabeza me dio el hachís.
¡Pobre hombre pluma! Salió despedido dando vueltas por toda la habitación y no sé cómo alguna parte de él se coló por mi asombrada boca.
Ahora vive dentro de mí y no sé cómo hacer que salga.
A él parece no molestarle mucho o igual ya salió y yo no me enteré. El caso es que desde que nos encontramos aquella vez parece que permanece en mi cuerpo, puedo sentirlo cuando quiera y extrañamente de vez en cuando me da por reírme cuando no toca (yo creo que es el que se me mueve por dentro y me hace cosquillas con su pluma), otras en cambio me coge una tristeza por todo el cuerpo, una tristeza que me brota desde lo más a dentro y es por él también, que lo echo de menos.
Ahora vuelvo a esperarlo, esta vez tranquila y con alegría.
lunes, 2 de marzo de 2009
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